lunes, 27 de febrero de 2012

Por qué el regreso del PRI cambiaría muy poco

Desde que Enrique Peña Nieto devolvió al PRI la ilusión de regresar a Los Pinos, se ha dicho mucho sobre lo que este acontecimiento significaría para México. ¿Restauración autoritaria o consolidación democrática? ¿Vuelta en “u” o alternancia? ¿Más corrupción o más eficacia? De cualquier manera, la realidad es que en el México de hoy, el democrático, el de la libertad de expresión sin precedentes, el buen gobierno no depende ni de una persona ni de un partido político, mucho menos de una elección; depende de las instituciones que acotan y moldean el comportamiento de los actores políticos. Me explico.

La Constitución de 1917 contemplaba la reelección de diputados, senadores y Presidente de la República. El razonamiento era sencillo: que los políticos tengan la posibilidad de consolidarse en el cumplimiento de sus funciones en el mediano y largo plazo, pero que su cargo se lo deban al voto de los ciudadanos. Esta redacción permaneció inmaculada hasta 1933, cuando Plutarco Elías Calles consideró de suma importancia centralizar el poder político bajo un mismo mando. Transcurrían los primeros años del Partido Nacional Revolucionario (PNR) y la violencia desatada por la Revolución seguía fresca en la mente de todos. Se pensaba que, con la mayoría en el poder legislativo, el PNR podría controlar la competencia política a través de la rotación obligatoria de funcionarios públicos.

Palabras más, palabras menos, la reforma constitucional de 1933 sentó las bases para la institucionalización del autoritarismo en México. Con el binomio presidencia-partido, se estableció una instancia central coordinadora del sistema político en todos sus niveles de gobierno. Esto, a su vez, dio origen a una clase política “revolvente” que pasaba de un cargo a otro, desplazando al ciudadano del escenario político. Desde entonces, ningún funcionario público pudo sostenerse en el cumplimento de sus obligaciones sin la venia del partido hegemónico. La función del ciudadano fue expropiada por las camarillas que controlaron la presidencia durante 71 años.

El problema es que hasta la fecha poco ha cambiado.

Desde 1933 la reelección de funcionarios públicos es vista con enorme recelo. Mientras los adictos al psicoanálisis se lo atribuyen a los traumas de la era porfiriana, los sospechosistas postmodernos señalan a la irresponsabilidad generalizada de la clase política. De cualquier manera, la realidad es que cerca del 65% de la población se opone a la reelección, y si la misma encuesta se realizara entre funcionarios públicos, seguramente esta cifra rondaría el 90%. ¿Por qué? Por la sencilla razón que resulta mucho más cómodo rendirle cuentas a la cúpula de un partido político que a los ciudadanos de un distrito electoral, de un municipio, de un estado o (¡Santa María Purísima!) de un país.

Mientras los políticos mexicanos sigan luchando por su supervivencia en los finos comedores de Polanco, podemos esperar pocos cambios en sus políticas públicas, diseñadas para llenar el ojo de sus jefes de manera inmediata y no para beneficiar a la ciudadanía en el mediano y largo plazo. Aunque suene paradójico, para cambiar la manera de hacer política en México, es necesario generar condiciones de mayor certidumbre para nuestros políticos, y que esa certidumbre dependa de los ciudadanos, no los dueños de los partidos. De la misma manera en que un inversionista necesita certidumbre jurídica para asegurar su patrimonio y animarse a tomar riesgos, nuestros funcionarios públicos necesitan certidumbre política para asegurar su carrera política y animarse a tomar riesgos más allá del corto plazo.

Bajo el marco legal actual, sólo un idiota está dispuesto a proponer políticas públicas cuyas semillas den frutos en el mediano o largo lazo. Como sus carreras están en juego cada tres o seis años – y como las mismas dependen de las cuentas que rindan a las cúpulas de sus partidos –, los funcionarios públicos prefieren impulsar políticas cortoplacistas, de alto impacto publicitario y centradas en el reparto de efectivo y de bienes de consumo. Ingenuo aquel que se le ocurra proponer grandes reformas en materia educativa, cuyos resultados difícilmente se ven antes de una década, o en materia laboral, que en el corto plazo pueden costar millones de votos.

De haber gobernado en México, Margaret Thatcher se habría visto obligada a revertir sus propuestas económicas desde antes de anunciarlas, pero como en el Reino Unido existe la reelección, con el paso del tiempo logró callar las enormes protestas populares que caracterizaron a sus primeros años de gobierno, demostrando con hechos que en el mediano y largo plazo valieron la pena. Se podría decir que la reelección le dio a la Dama de hierro la certidumbre necesaria para correr riesgos en el corto plazo, a sabiendas que, con el tiempo y resultados tangibles, el pueblo, no su partido, le darían el visto bueno. Y así fue por 11 años.

Por todo esto, queridos lectores, creo que el regreso del PRI a la presidencia cambiaría muy poco. Mientras los funcionarios públicos sigan rindiendo cuentas a las cúpulas de sus partidos, difícilmente estarán dispuestos a tomar riesgos en el corto plazo, mucho menos si el balance final de estos riesgos depende del juicio de la ciudadanía. Sin reelección las cuentas se seguirán rindiendo en comedores de Polanco y las campañas electorales seguirán siendo largas listas de buenos deseos. En política, como en cualquier mercado, se necesita certidumbre. Resulta estúpido imaginar que nuestros funcionarios públicos pueden encontrar esta certidumbre en entes ajenos a la ciudadanía que en teoría deberían servir.

La no reelección es el lastre institucional más grande de nuestro pasado autoritario. Si realmente aspiramos a ciudadanizar la política, empecemos por devolver el poder a los ciudadanos. Digamos no a la no reelección.

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lunes, 20 de febrero de 2012

La Constitución y la Época de oro del cine mexicano

La mayoría de los expertos coinciden en que la llamada Época de oro del cine mexicano se inauguró en 1936 con el estreno del afamado largometraje Allá en el rancho grande, dirigido por el veracruzano Fernando de Fuentes y protagonizado por los primeros héroes cinematográficos de México: Esther Fernández y Tito Guízar. La trama era típica de las comedias rancheras. La amistad entre el hacendado Felipe y su caporal Martín se ve amenazada por una serie de enredos y malentendidos alrededor de la virginidad de Crucita, una joven campesina de la que Martín está enamorado. Las equivocaciones se van resolviendo entre coplas, bailes y canciones. Se utiliza el tema de la revolución y los charros figuran como personajes alegres, conquistadores y carismáticos.

La Época de oro del cine mexicano era también la época de oro del cardenismo y del nacionalismo revolucionario. Tras décadas de guerras civiles y religiosas, el país por fin se encontraba en relativa calma. Se iniciaba el reparto agrario más importante de la historia y se invertían millones para educar a una población mayormente analfabeta. Se sentaban las bases de la industrialización y se creaban las primeras instituciones del Estado moderno. Se trabajaba desde el gobierno para tejer una historia nacional que nos permitiera imaginar (mas no entender) qué somos y de dónde venimos: que nos diera motivos para sentirnos orgullosos de ser mexicanos.

En este entorno, más que una expresión artística, el cine era una herramienta para crear aspiraciones y cohesionar a un país sumamente fragmentado. El cine permitía soñar con riqueza al mismo tiempo que dignificaba la pobreza. El barrio se transformaba en el epicentro de grandes historias y el charro jalisciense en el arquetipo del macho mexicano. Mientras los hombres encontraban en Pedro Infante evidencia fehaciente de que con fortuna, golpes y trabajo era posible armarla en grande, las mujeres encontraban en María Félix evidencia contundente de que con sutileza, belleza y determinación era posible dejar atrás la pobreza. Dos atajos para escalar en una sociedad tan llena de contradicciones como de oportunidades, donde millones se sentían clasemedieros a pesar de su pobreza.

La Época de oro del cine mexicano también fue la época en que se cuajaron tres tradiciones sobre la manera en que los mexicanos nos relacionamos con nuestra realidad. Primero, que las leyes deben reflejar propósitos más que obligaciones. Segundo, que si queremos que una ley se cumpla y valga, hay que ponerla en la Constitución. Por último, que si queremos que una ley perdure hay que proyectarla en el cine o en la televisión.

Las primeras dos tradiciones son determinantes en nuestra cultura jurídica. Las leyes entre nosotros no son sólo reglas que regulan nuestra conducta, sino instrumentos para expresar las aspiraciones más nobles de nuestra sociedad, que con frecuencia también son las más demagógicas. El razonamiento es más o menos así: como no podemos dar empleo digno a toda la población, convirtámoslo en un precepto constitucional para que algún día se haga realidad. Por supuesto que el precepto constitucional será violado por muchos años, ya que resultará material y jurídicamente imposible cumplirlo, pero algún día, con el paso del tiempo, aquel imposible se hará realidad. La Constitución pasará de ser un documento aspiracional a un instrumento jurídico regulador de nuestra vida diaria. O al menos así dicta el razonamiento.

Recordemos que la Época de oro del cine mexicano también marcaba la pubertad de la Constitución de 1917. No sólo teníamos un documento que contenía un cúmulo de aspiraciones nacionales, sino también un cine que las transportaba a la pantalla grande. Se formaba un círculo virtuoso que vinculaba estrechamente a la cultura con la sociedad y el Estado; un círculo virtuoso que redefinía el sentido de ser mexicano al mismo tiempo que nos llenaba de satisfacción y esperanza. Veíamos a nuestra Constitución materializada en el cine, y como nos decían que el cine era un reflejo de nosotros mismos, creíamos que la Constitución era una realidad.

Pero la realidad, la real, es implacable.

Así como el tiempo desmitificó los principales preceptos de nuestra Constitución, la Época de oro del cine mexicano fue desplazada por las películas de ficheras. Con la transición democrática llegó una mal llamada “segunda época de oro del cine mexicano” que hasta la fecha permanece en terapia intensiva. Nuestros mejores actores, guionistas, directores y cinematógrafos, como muchos de nuestros mejores profesionistas y trabajadores, destacan por sus logros en el extranjero. Mientras tanto, nuestra Constitución ha sido enmendada en más de 500 ocasiones y a cinco años de su centenario es una antología de promesas rotas y sueños truncados. Nos dicen que el absurdo es el género por excelencia del nuevo cine mexicano y de pasada nos aseguran que este cine sí refleja nuestra realidad real, no la de la Constitución y mucho menos la de la Época de oro del cine mexicano. ¿Será?

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lunes, 13 de febrero de 2012

El poder de la indefinición


Desde la transición democrática, la indefinición se ha convertido en el activo más valioso de la política mexicana. Algunos se lo achacan a la “dictadura perfecta”, donde las ideologías eran limadas hasta caber dentro del llamado “nacionalismo revolucionario”. Otros a las administraciones del “cambio”, que padecen de Alzhéimer ideológico desde que llegaron a la Presidencia. Y otros más a la llamada “izquierda mexicana”, que durante 23 años ha servido de refugio para los peores cuadros del corporativismo priísta.

De cualquier manera, son pocas las diferencias entre los políticos de nuestros principales partidos. Y es que su diagnóstico es tan superficial como chabacano: no a la corrupción, no al mal gobierno, no a la violencia, no a la pobreza, no al hambre, no a los monopolios, no a la evasión fiscal. No a todo lo indefendible. Todos dicen a qué se oponen sin revelar sus propuestas. Todos cambian de opinión de acuerdo con las encuestas. Todos acusan sin reconocer sus incongruencias. “No soy monedita de oro para caerle bien a todos”, se dice a sí mismo el político mexicano, mientras contamina nuestros cinco sentidos con sus espantosas campañas.

A ojo de buen cubero, me atrevo a decir que la transición democrática fue el momento en que la indefinición duplicó su valor en el mercado político mexicano. Y es que aquel hito fue el último clavo en el ataúd de los grandes ejes ideológicos del siglo veinte. La industrialización por sustitución de importaciones estaba agotada, el neoliberalismo económico empezaba a generar dudas, el anticlericalismo se disipaba con las visitas papales, la doctrina Estrada caducaba ante la universalización de los derechos humanos, el zapatismo era asociado con los caprichos de un intelectual encapuchado y el cardenismo caía por su propio peso. Hasta el humanismo católico panista era desterrado por el pragmatismo mojigato foxiano. Y el problema es que las grandes ideas de antaño no desaparecían para dar paso a otras, sino todo lo contrario.

Pareciera que la transición inauguró la República del Pleonasmo y los Buenos Deseos, donde la democracia es sinónimo de consenso, la derrota es evidencia de fraude, la victoria es señal de robo y la competitividad electoral es directamente proporcional al tamaño del presupuesto publicitario. En esta nueva era, la del pleonasmo y los buenos deseos, la administración pública se concibe en términos negativos. El político mexicano gobierna para que su aprobación no caiga en las encuestas, para no perder los apoyos que lo ayudaron llegar al gobierno, para no terminar despedazado en los medios, para no perder el fuero y para no ser juzgado al terminar sus funciones. Cuando habla, su objetivo principal es no equivocarse, y cuando promete, su único límite es la imaginación. Y así ya vamos para 12 años.

Así como los filósofos de la Ilustración nos hicieron creer que la religión era el origen de todos nuestros problemas terrenales, los apóstoles de la democracia nos hicieron creer que el PRI era el origen de todos nuestros problemas políticos. Pero ambos olvidaron un detalle. De poco sirve acabar con el pasado si carecemos de propuestas claras para el presente. Por supuesto que tanto el cristianismo medieval como el priísmo fueron sumamente dañinos para sus respectivos entornos. Fueron tan dañinos que hasta la fecha seguimos sufriendo sus terribles efectos. Pero eso no quiere decir que la mejor solución siempre sea demolerlos. Si no tenemos con qué remplazarlos, es muy probable que el tiro nos termine saliendo por la culata. Y esto justamente está pasando en México, como le viene pasando a la cultura occidental desde hace más de un siglo.

Todos nuestros políticos, incluyendo los que fueran más ideológicos, se han quedado atorados en el capítulo de la transición. Tras 12 años de gobiernos democráticos, seguimos concibiendo las elecciones como una lucha entre fuerzas autoritarias y democratizadoras. En lugar de discutir cómo queremos gobernar, hablamos de vueltas en “u” y de regresos al pasado. Los vestigios de la izquierda intelectual y del humanismo católico debaten si el ejército debe permanecer en las calles. Las reliquias del estatismo keynesiano y del monetarismo neoclásico discuten si se generaron más empleos de los que se perdieron. Y no es que estos temas sean inconsecuentes. Claro que importan. Pero son corolarios de temas de mayor importancia, aquellos que nuestros políticos evaden con gran destreza y nuestros intelectuales olvidan con gran conveniencia.

Es hora de que los candidatos de los tres principales partidos se definan entorno a nuestros grandes problemas. ¿Estado grande o chico? ¿Finanzas reguladas o desreguladas? ¿Educación pública o privada? ¿Asistencialismo o emprendedurismo? ¿República laica o pluralidad religiosa? ¿Sindicalismo o contratación flexible? ¡Fuera máscaras! Que nos revelen sus posturas o que confiesen si no tienen idea. ¿Hidalgo o Iturbide? ¿Juárez o Díaz? ¿Villa o Zapata? ¿Obregón o Carranza? ¿Cárdenas o Alemán? ¡Basta de simulación! Que nos digan quiénes son los héroes y villanos en su entender de la historia.

Aunque la indefinición se ha convertido en el instrumento más eficaz para sobresalir en la política mexicana, tarde o temprano las cosas caerán por su propio peso. Pero ojo, cuando las circunstancias son las que obligan, es porque nos encontramos inmersos en alguna crisis económica, política o social de dimensiones mayores. El conflicto post electoral de 2006 fue una llamada de atención en este sentido, pero desafortunadamente no alcanzó para sacudir más de un par de consciencias. Hago un voto porque sean las grandes ideas y los verdaderos liderazgos los que defenestren a la indefinición. Mientras tanto, me limitaré a decir lo que pienso y a votar por el menos malo. Al tiempo.

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lunes, 6 de febrero de 2012

El problema de los monopolios en México


El problema de los monopolios en México se está convirtiendo en un escándalo internacional. Para muestra basta leer el artículo que el semanario británico The Economist le dedica en su sección de negocios de esta semana.[1] Lo que hasta hace poco veíamos como un asunto más en nuestra larga lista de pendientes nacionales, ahora captura la atención de una de las publicaciones más influyentes del mundo. Y no es para menos.

El capítulo más reciente de esta larga historia tiene como actores principales al hombre más acaudalado del planeta y al dueño del conglomerado de medios más poderoso de Iberoamérica. Si a esto agregamos la voracidad del señor Ricardo Salinas Pliego y la politización de las comisiones federales de Telecomunicaciones (COFETEL) y Competencia (CFC), tenemos todos los ingredientes para una historia periodística de interés global.

¿Pero cuál es el problema de los monopolios en México?

En el caso de las telecomunicaciones, el artículo publicado en The Economist identifica al menos cinco problemas: (1) mala calidad del servicio, (2) costos excesivos para los consumidores, (3) costos excesivos para las empresas, (4) intimidación política y (5) politización mediática. En resumen, nada nuevo para el  mexicano promedio usuario de telefonía celular y habituado a la programación de las dos principales televisoras. Y es que cualquier lector habitual de los principales diarios de circulación nacional – o seguidor de las principales mesas de discusión política en radio y televisión – se topa a diario con sendas críticas a nuestros monopolios en telecomunicaciones.

Carmen Aristegui, Purificación Carpinteyro, Javier Corral y Denise Dresser, entre muchos otros, se han hecho famosos por sus críticas implacables a los señores Azcárraga, Salinas y Slim. Enhorabuena. Pero lo que tanto ellos como los corresponsales de The Economist parecen ignorar es que para entender el verdadero problema de los monopolios es necesario ir más allá de los daños a los consumidores; hay que pensar en términos de daños a los profesionistas y ciudadanos mexicanos, aunque resulten difíciles de cuantificar. Me explico.

La principal crítica que los expertos hacen al duopolio televisivo mexicano se enfoca en la educación. Palabras más, palabras menos, la creencia es que la concentración de la oferta y la mediocridad de los contenidos contribuyen a la ignorancia de la población. Que si las telenovelas son conservadoras, que si los noticieros favorecen a ciertos políticos, que si los programas de concursos crean aspiraciones falsas. El caso es que, por culpa de las televisoras, la mayoría de los mexicanos vivimos en la ignorancia, y si a esto agregamos la mediocridad de la educación pública,  estamos ante una verdadera emergencia nacional. Puede ser, o al menos así lo dicen los expertos, pero creo que ésta es sólo una parte de la historia.

Para empezar, recordemos que nuestras dos principales televisoras son parte de enormes corporativos cuyas acciones cotizan en bolsa. En la mayoría de los casos, esto implica que su principal compromiso es con sus accionistas, no con sus consumidores, y que su principal objetivo es incrementar sus utilidades, no mejorar sus productos. Por supuesto que hay compañías que al cotizar en bolsa se ven presionadas para mejorar sus productos, pero esto es función de la competencia en sus respectivos mercados. Si Apple no deja de deslumbrarnos con la calidad de sus productos es porque el mercado de la tecnología es de los más competitivos a nivel mundial, lo que genera enormes presiones para innovar constantemente. Sobra decir que éste no es el caso de nuestras televisoras.

Tanto Televisa como Televisión Azteca “compiten” en un mercado sumamente concentrado, donde la ventaja comparativa no se encuentra en la innovación, sino en el dinero, el chantaje y la amenaza. Si Emilio Azcárraga se ufana de que su compañía es sumamente competitiva en el extranjero – lo que es cierto – es porque la concentración del mercado en México le permite utilizar sus multimillonarios ingresos para tomar riesgos en otras latitudes. Todo esto a sabiendas de que en su terruño corre poquísimos riesgos.

¿Y cómo afecta esto a los profesionistas y ciudadanos en México? Poca cosa. La frustrante falta de innovación y creatividad de nuestras televisoras provoca que nuestros mejores guionistas, directores, productores y expertos en medios terminen huyendo al extranjero o trabajando en programas como Parodiando, Bailando por un Sueño y La Academia. Vale la pena recordar que la idea original detrás de la mayoría estos programas surgió en el extranjero, lo que quiere decir que casi todos son copias de éxitos anteriores en Argentina, Colombia o Estados Unidos. No es coincidencia que telenovelas como A Corazón Abierto y Rebelde nos recuerden a la estadounidense Grey’s Anatomy o a la argentina Rebelde Way. Nuestro duopolio televisivo ha perfeccionado el arte de copiar e incrementar la rentabilidad de productos extranjeros, dejando a un lado la innovación y la creatividad. Algo similar a lo que los chinos han hecho con la ropa de diseñador.

Además de mermar la innovación y la creatividad, el duopolio televisivo ha provocado un cuello de botella en la opinión pública. Hasta la fecha son pocos los expertos, académicos e intelectuales que tienen acceso a sus pantallas, creando una especie de “clase intelectual” especializada en generar opiniones de todo y para todo, sin importar sus estudios y credenciales. Por eso hoy tenemos historiadores “expertos” en narcotráfico, politólogos “expertos” en medios, sociólogos “expertos” en educación y antropólogos “expertos” en política. Todo a costa de los ciudadanos, que terminan mal informados, y de la agenda pública, que termina trastocada por las opiniones de dos docena de todólogos.

Por supuesto que existen otros espacios donde un grupo más plural de nuestra academia tiene la oportunidad de expresar sus opiniones, pero desafortunadamente su capacidad de influir es muy limitada, y en muchos casos el rencor y la envidia que les provoca el destierro los termina sesgando. De nuevo, todo a costa de los ciudadanos.  

En resumen, para entender el verdadero problema de los monopolios en México, tenemos que dejar de pensar en los daños a los consumidores. Muchos de los daños más grandes han sido a los profesionistas y ciudadanos. La falta de creatividad e innovación ha generado un círculo vicioso de contenidos mediocres, y la falta de pluralidad en la opinión pública ha creado una “clase intelectual” que opina a diestra y siniestra sin medir las consecuencias. Y existen otros casos interesantes.

Pocos hablan de nuestro duopolio en distribución cinematográfica (Cinépolis y Cinemex), pero los daños que éste provoca no son muy distintos de los del duopolio televisivo. Nuestras carteleras están saturadas por grandes producciones hollywoodenses, cuyo éxito en taquilla por lo general es inversamente proporcional a su calidad cinematográfica. ¿Será que a los mexicanos nos gusta ir al cine para ver contenidos similares a los de la televisión? 

¿Será que estamos enamorados de nuestros captores?

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